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palavras aos homens e mulheres da Madrugada

Tag: Educação (Página 4 de 5)

Ananda K. Coomaraswamy: “¿Para Qué Exponer Obras de Arte?”

AnandaCoomaraswamy

¿Para qué es un museo de arte? Como la palabra «conservador» implica, la función primera y más esencial de este museo es cuidar obras de arte antiguas o únicas que ya no están en sus lugares originales o que ya no se usan como se usaban originalmente y que, por consiguiente, están en peligro de destrucción por abandono u otros motivos. Este cuidado de las obras de arte no implica necesariamente su exposición.

Si preguntamos por qué deben exponerse y hacerse accesibles y explicarse al público las obras de arte protegidas, la respuesta será que esto ha de hacerse con un propósito educativo. Pero antes de que procedamos a la consideración de este propósito, antes de preguntar: ¿educación en qué o para qué?, debe hacerse una distinción entre la exposición de obras de artistas vivos y la de obras de arte antiguas, o relativamente antiguas, o exóticas. No hay necesidad de que los museos expongan obras de artistas vivos, que no están en peligro inminente de destrucción; o, al menos, si se exponen tales obras, debe comprenderse claramente que, en realidad, el museo está haciendo publicidad del artista y actuando en beneficio del marchante o intermediario cuyo negocio consiste en encontrar un mercado para el artista; la única diferencia es que, aunque el museo hace el mismo trabajo que el marchante, no obtiene ningún beneficio. Por otra parte, que un artista vivo quiera «colgar» o «exponer» su obra en un museo sólo puede deberse a su necesidad o a su vanidad. Pues las cosas se hacen normalmente para ciertos propósitos y ciertos lugares para los que son apropiadas, y no simplemente «para la exposición»; y porque lo que se hace así por encargo, es decir, por un artista para un cliente, está controlado por ciertas exigencias y se mantiene en orden. Mientras que, como observó recientemente el señor Steinfelds, «el arte que sólo se hace para colgarlo de las paredes de un museo es un tipo de arte que no necesita considerar su relación con su entorno último. El artista puede pintar lo que quiera, y del modo que quiera, y si a los conservadores y administradores les gusta lo suficiente, lo colgarán en la pared con todas las demás curiosidades».

Vamos a considerar el verdadero problema, del ¿por qué exponer?, en lo que se refiere a las obras de arte relativamente antiguas o exóticas que, debido a su fragilidad y a que ya no corresponden a ninguna necesidad nuestra de la que seamos activamente conscientes, se conservan en nuestros museos, de cuyas colecciones forman la parte más importante. Si hemos de exponer estos objetos por razones educativas, y no como meras curiosidades, es evidente que estamos proponiendo hacer tanto uso de ellos como sea posible sin un manejo efectivo. Así pues, será imaginativamente y no efectivamente, como nosotros haremos uso del relicario medieval, o yaceremos en el lecho egipcio, o haremos nuestras ofrendas a alguna deidad antigua. Por consiguiente, los fines educativos para los que puede servir una exposición, no sólo requieren los servicios de un conservador que prepare la exposición, sino también los de un docente que explique las necesidades del patrón original y los métodos del artista original; porque las obras que tenemos delante son lo que son por lo que estos patronos y artistas fueron. Si la exposición ha de ser algo más que una muestra de curiosidades y un espectáculo entretenido, no bastará darse por satisfechos con nuestras reacciones personales ante los objetos; para conocer por qué los objetos son lo que son, debemos conocer a los hombres que los hicieron. No sería «educativo» interpretar esos objetos a la luz de nuestros gustos o disgustos personales, o asumir que estos hombres consideraban el arte tal como lo consideramos nosotros, o que tenían motivos estéticos, o que «se estaban expresando a sí mismos». Debemos estudiar suteoría del arte, en primer lugar para comprender las cosas que hicieron por arte, y, en segundo lugar, para preguntarnos —en el caso de que resulte diferir de la nuestra— si su punto de vista sobre el arte no pudo haber sido un punto de vista más verdadero.

Asumamos que estamos examinando una exposición de objetos griegos, y que invitamos a Platón para que nos haga de docente. Él no sabe nada de nuestra distinción entre bellas artes y artes aplicadas. Para él, la pintura y la agricultura, la música y la carpintería y la alfarería son todas por igual tipos de poesía o de hechura. Y como dice Plotino, siguiendo a Platón, las artes como la música o la carpintería no se basan en la sabiduría humana, sino en el pensamiento de «allí».

Siempre que Platón habla despectivamente de las «bajas artes mecánicas» y de la mera «labor», a la que distingue del «trabajo noble» de hacer cosas, se refiere a los tipos de manufactura que sólo proveen a las necesidades del cuerpo. El tipo de arte que llama sano y que admitirá en su estado ideal, no sólo debe ser útil, sino también fiel a unos modelos rectamente escogidos, y por consiguiente bellos; y este arte, dice, proveerá al mismo tiempo «a las necesidades de las almas y de los cuerpos de susciudadanos». Su «música» corresponde a todo lo que nosotros entendemos por «cultura», y su «gimnasia» a todo lo que entendemos por formación y bienestar físico; insiste en que estos fines culturales y físicos nunca deben perseguirse por separado; el delicado artista y el rudo atleta son igualmente despreciables. Por otra parte, nosotros estamos acostumbrados a considerar la música, y la cultura en general, como inútiles, pero, a pesar de todo, estimables. Olvidamos que, tradicionalmente, la música nunca es algo sólo para el oído, algo sólo para ser escuchado, sino que siempre es el acompañamiento de algún tipo de acción. Nuestras propias concepciones de la cultura son típicamente negativas. Creo que el profesor Dewey está en lo cierto cuando llama a nuestros valores culturales esnobistas. Las lecciones del museo deben aplicarse a nuestra vida.

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Olavo de Carvalho: literatura e decomposição do idioma

Olavo de Carvalho

« Dou graças aos céus por não ser escritor de ficção nos dias que correm, quando se tornou impossível conciliar linguagem coloquial e correção da gramática.

« Leiam Marques Rebelo ou Graciliano Ramos e entenderão o que estou dizendo. Os personagens deles falavam com extrema naturalidade sem incorrer em solecismos. Hoje em dia, tudo o que se pode fazer é escrever como gente nos trechos narrativos e descritivos, deixando que nos diálogos os personagens falem como macacos nerds. É a literatura exemplificando o abismo entre a linguagem culta e a fala cotidiana. Mas a existência desse abismo prova, ao mesmo tempo, a inutilidade social de uma literatura que já não poderia ser compreendida pelos seus próprios personagens.

« Antigamente esse dualismo extremo de linguagem culta e vulgar só aparecia quando o autor queria documentar a fala das classes muito pobres, afastadas da civilização por circunstâncias econômicas ou geográficas insanáveis.

« Na era Lula tornou-se necessário usá-lo para reproduzir a fala de um presidente da República – e, depois, a de senadores, deputados, líderes empresariais e tutti quanti. Um jornalista decente já não pode escrever na linguagem de seus entrevistados. Não há mais medida comum entre a consciência e os dados que ela apreende. Isso é o mesmo que dizer que já não é mais possível elaborar intelectualmente a realidade, ao menos sem improvisar arranjos linguísticos que estão acima do alcance da maioria.»
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Olavo de Carvalho, no artigo O Brasil falante

Tenho sofrido com esse pobrema

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A Tragicomédia Acadêmica – Contos Imediatos do Terceiro Grau

Um livro de contos que satiriza todos os âmbitos da vida universitária.

A Bacante da Boca do Lixo e Outros Escritos da Virada do Milênio

Coletânea de contos, crônicas e um ensaio escritos entre 1993 e 2008. Todos os textos trazem – seja de modo explícito ou implícito – um pouco do clima apocalíptico que contagiou aqueles anos.

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Atualização de Julho de 2012: Devido a acordos com editoras, esses livros não estão mais disponíveis de graça. Visite a página de livros para saber com mais detalhes onde adquiri-los. (Incluindo as versões impressas.)

Lin Yutang fala sobre a arte de ler

 Lin Yutang

A leitura, ou o gozo dos livros, foi sempre contada entre os encantos da vida culta e é respeitada e invejada por aqueles que raramente se concedem esse privilégio. É fácil compreendê-lo quando comparamos a diferença entre a vida de um homem que não lê e a de um homem que lê. O homem que não tem o costume de ler está aprisionado num mundo imediato, relativamente ao tempo e ao espaço. Sua vida cai numa rotina fixa; acha-se limitado ao contato e à conversação com uns poucos amigos e conhecidos, e só vê o que acontece na vizinhança imediata. Não há como escapar a tal prisão. Mas quando toma em suas mãos um livro, penetra num mundo diferente e, se o livro é bom, vê-se imediatamente em contato com um dos melhores conversadores do mundo. Este conversador o transporta a um país diferente, ou a uma época diferente, ou lhe confia alguns de seus pesares pessoais, ou discute com ele uma forma especial ou um aspecto da vida de que o leitor nada sabe. Um autor antigo o põe em comunhão com um espírito morto há já muito tempo, e, à medida que lê, começa a imaginar como seria esse autor antigo fisicamente e que espécie de pessoa seria. Tanto Mêncio como Ssema Ch’ein, o maior historiador chinês, expressaram a mesma idéia. Poder viver duas horas, sobre doze, em um mundo diferente e furtar os pensamentos ao apelo presente imediato, é este um privilégio que deve causar inveja às pessoas que vivem encerradas na sua prisão corporal. Tal mudança do ambiente é na verdade semelhante a uma viagem, no seu efeito psicológico.

Mas há mais do que isto. O leitor se vê levado sempre a um mundo de pensamentos e reflexões. Embora se trate de um livro de fatos objetivos, há uma diferença entre ver esses fatos, ou vivê-los, e ler sobre eles nos livros, porque então os fatos assumem sempre a qualidade de um espetáculo, e o leitor se converte em espectador desapaixonado. A melhor leitura é, pois, a que nos leva a esse mundo contemplativo, e não a que se ocupa unicamente do registro dos fatos. Considero que não se pode chamar leitura a essa tremenda quantidade de tempo que se perde com os jornais, pois os comuns leitores de jornais se preocupam antes de tudo em obter notícias sobre fatos e acontecimentos.

A melhor fórmula sobre a finalidade da leitura, a meu ver, foi dada por Huang Shanku, poeta Sung e amigo de Su Tungp’o, que disse: “Um intelectual que nada leu durante três dias sente que a sua conversação não tem sabor (que se torna insípida) e a sua cara se torna odiosa de ver (ao espelho)”. O que quis dizer é que a leitura dá ao homem certo encanto e sabor, que é o objeto da leitura, e só pode chamar-se arte a leitura com esse objetivo. Não se lê “para melhorar o espírito”, pois quando se começa a pensar em melhorar o espírito, desaparece todo o prazer da leitura. Este é o tipo de pessoas que dizem com os seus botões: “Devo ler Shakespeare, Sófocles e Cervantes, para poder ser um homem culto”. Estou certo de que um homem assim nunca será culto. Uma noite se obrigará a ler Hamlet, e sairá disso como de um mau sonho, com o único benefício de poder dizer que “já leu” Hamlet. Todo aquele que leia um livro como quem cumpre uma obrigação, é porque não compreende a arte da leitura. Essa leitura com intuitos de negócio é como a leitura de arquivos, por um político, antes de pronunciar um discurso. É apenas pedir conselho e informação de negócios, e não ler.

Ler para cultivar o encanto do aspecto físico e do sabor na palavra é, segundo Huang, a única espécie de leitura que se pode admitir. Este encanto do aspecto deve ser interpretado, evidentemente, como algo mais que a beleza física. Huang não se refere à fealdade em sua frase. Há caras feias que têm um encanto fascinador e caras formosas que são insípidas para quem as olha. Entre os meus amigos chineses há um cuja cabeça têm a forma de uma bomba e, contudo, vê-lo é sempre um prazer. A cara mais linda dentre as dos autores ocidentais contemporâneos, pelo que pude observar nas fotografias, era a de G. K. Chesterton. Tinha um tão diabólico conglomerado de bigodes, óculos, emaranhadas pestanas e carregadas sobrancelhas! Ao olhá-la, sentia-se que dentro daquela fronte havia uma boa quantidade de idéias em ação, prontas para saltar, a qualquer momento, por aqueles olhos estranhamente penetrantes. Aquela cara era uma das que Huang chamaria formosas, uma cara que não era feita pelos pós e a pintura, mas pela pura força do pensamento. Quanto ao sabor da palavra, tudo depende da forma de ler. Que se tenha “sabor” ou não quando se fala, isto depende do método de leitura. Se um leitor frui sabor nos livros, demonstrará esse sabor em suas conversações, e se tem sabor em suas conversações, tê-lo-á no que escreve.

Considero o sabor, ou gosto, como a chave de toda leitura. Segue-se daí que o gosto é seletivo e individual, como o gosto na comida. A forma mais higiênica de comer é, afinal de contas, a de comer o que nos agrada, pois só então se poderá ter segurança da digestão. Quando se lê, como quando se come, o que faz bem a um pode matar a outro. O mestre não pode forçar seus discípulos a que gostem do que a ele agrada como leitura, e um pai não pode esperar que os filhos tenham o mesmo gosto que ele. E se o leitor não tem gosto no que lê, perde o seu tempo. Já o disse Yüan Chunglang: “Podeis deixar de lado os livros que não vos agradam: os outros que os leiam”.

Não pode, pois, haver livros que a gente deva ler. Porque os nossos interesses intelectuais crescem como uma árvore ou fluem como um rio. enquanto haja seiva adequada, há de crescer de algum modo a árvore; e enquanto haja água do manancial, o rio continuará correndo. Quando a água topa com um escolho de granito, não faz mais que rodeá-lo; quando encontra um vale baixo e aprazível, detém-se e espraia-se por um momento; quando se encontra num fundo tanque da montanha, está contente de quedar-se ali; e salta nas cataratas. Assim, sem esforço algum, sem propósito determinado, chegará certamente um dia ao mar. Não há no mundo livros que se devam ler, mas somente livros que uma pessoa deve ler em certo momento, em certo lugar, dentro de certas circunstâncias e num certo período de sua vida. Chego a crer que a leitura, como o casamento, está determinada pelo destino, ou yinyüan. Embora haja certo livro que todos devem ler, como a Bíblia, há um momento para fazê-lo. Quando os pensamentos e a experiência de uma pessoa não chegaram a certo ponto para ler uma obra-prima, esta só lhe deixará um mau sabor. Confúcio diz: “Aos cinqüenta anos, pode-se ler o Livro das Mutações”, o que significa que não o devemos ler aos quarenta e cinco. O leitor obtém uma sabedoria quando lê o Livro das Mutações aos quarenta anos, e outra espécie de sabedoria quando o lê aos cinqüenta anos, depois de ter visto mais mudanças na vida. Portanto, todos os bons livros podem ser relidos com proveito e renovado prazer. Quando estudante, fizeram-me ler Westward Ho! e Henry Esmond, mas, embora fosse capaz de apreciar Westward Ho! quando não tinha vinte anos, o verdadeiro sabor de Henry Esmond me escapou completamente, até que refleti, anos mais tarde, e suspeitei que havia neste livro muito mais encanto do que me fora possível apreciar.

A leitura, pois, não é um ato simples; tem duas faces: o autor e o leitor. O ganho provém tanto da contribuição do leitor, por meio da sua visão íntima e da sua experiência, como do autor. Com respeito às Analectas de Confúcio, disse o confucionista Ch’eng Yich’uan, da época Sung: “Há leitores e leitores. Alguns lêem as Analectas e sentem que nada aconteceu, a alguns agradam uma ou duas passagens, e outros começam a sacudir as mãos e a dançar sem querer”.

Considero o descobrimento do autor favorito de cada um como o momento definitivo da sua evolução intelectual. Há algo que se chama afinidade de espíritos, e, entre os antigos e modernos autores, devemos procurar aquele cujo espírito seja semelhante ao nosso. Só desta maneira se pode auferir real proveito da leitura. Cumpre ser independente e procurar por conta própria os mestres. Ninguém pode dizer quem será o autor favorito de cada qual: talvez nem o próprio leitor possa dizê-lo. É como o amor à primeira vista. Não se pode dizer ao leitor que ame a este ou àquele autor; mas quando se encontra com o autor a quem ama, sabe-o por uma espécie de instinto. Conhecemos casos famosos a este respeito. Há sábios que viveram em épocas diferentes, separados por muitos séculos, mas com maneiras de pensar e de sentir tão semelhantes que, ao se encontrarem nas páginas de um livro, pareciam uma única pessoa que encontrava a própria imagem. Dizem os chineses, desses espíritos semelhantes, que são reencarnações da mesma alma, como se dizia de Su Tungp’o que era uma reencarnação de Tchuang-tsé, ou de T’ao Yüanming, e de Yüan Chunglang que era uma reencarnação de Su Tungp’o. Su Tungp’o disse que, quando leu pela primeira vez Tchuang-tsé, teve a sensação de que desde a meninice tinha estado a pensar as mesmas coisas e a formar os mesmos pontos de vista. Quando Yüan Chunglang descobriu uma noite Hsü Wench’ang, autor contemporâneo a quem não conhecia, em um pequeno livro de poemas, saltou da cama e chamou aos gritos o seu amigo, e seu amigo começou a ler e gritou por sua vez, e logo ambos leram e gritaram de tal modo que o servente ficou intrigadíssimo. George Eliot diz que a sua primeira leitura de Rousseau foi um choque elétrico. Nietzsche sentiu o mesmo no tocante a Schopenhauer, mas Schopenhauer era um mestre ranzinza e Nietzsche um discípulo teimoso, e era natural que o aluno se rebelasse mais tarde contra o mestre.

Só essa espécie de leitura, esse descobrimento do autor favorito pode fazer bem. Como acontece com um homem que se enamora à primeira vista, tudo é como deve ser. A noiva tem a estatura exata, o rosto exato, o cabelo da cor exata, a voz de exata qualidade, e a forma exata de falar e de sorrir. O mesmo acontece com o autor: seu estilo, seu ponto de vista são exatamente o que se esperava encontrar. E logo começa o leitor a devorar cada palavra e cada linha que escreve o autor e, como há afinidade espiritual, absorve e digere tudo o que lê. O autor aplicou sobre ele a sua magia, e alegra-o estar debaixo do sortilégio, e, com o tempo, a sua voz e as suas maneiras e o jeito de sorrir e de falar se vão tornando como os do autor. Assim se impregna do seu amante literário, de cujos livros extrai o sustento para a alma. Ao fim de alguns anos, quebra-se o encanto e cansa-se um pouco desse amante literário, e procura outros e, depois de ter uns três ou quatro e havê-los devorado completamente, surge ele próprio como autor. Há muitos leitores que nunca se enamoram, como esses moços ou moças que vivem em galanteios e são incapazes de sentir um profundo afeto por uma pessoa em particular. Podem ler todo e qualquer autor e nunca chegam a coisa alguma.

Tal conceito da arte de ler destrói por completo a arte da leitura como dever ou obrigação. Na China, anima-se amiúde os estudantes a que estudem amargamente. Houve um famoso sábio que estudava amargamente e que cravava um alfinete na barriga da perna toda vez que lhe sucedia adormecer durante o estudo. Houve outro que fazia com que a criada ficasse a seu lado enquanto ele estudava de noite, para despertá-lo quando ele adormecesse. Isto é uma insensatez. Se alguém tem um livro ante os olhos e adormece enquanto um sábio autor antigo está lhe falando, faz muito bem em ir para a cama. Nem a picada de um alfinete na barriga da perna, nem as sacudidelas da criada lhe farão bem algum. Um homem assim perdeu todo senso do prazer da leitura. Os sábios que valem alguma coisa não sabem o que significa “estudar com afinco”. Amam os livros e os lêem porque não podem evitá-lo, nada mais.

Resolvida esta questão, também se dá resposta à do momento e local em que se deve ler. Não há momento nem locais especiais para ler. Quando se tem vontade de ler, deve-se ler em qualquer parte. Se se conhece o gozo da leitura, ler-se-á na escola ou fora dela, e apesar de todas as escolas. Pode-se estudar assim nas melhores escolas. Tseng Kuofan, numa das cartas à família, referindo-se ao desejo expresso por um de seus irmãos menores de ir à capital estudar numa escola melhor, respondeu que: “Se se tem desejo de estudar, pode-se estudar numa casa de campo, ou mesmo num deserto ou numa rua cheia de gente, e até como lenhador ou guardador de porcos. Mas se não se tem desejo de estudar, então não somente é inadequada para o estudo a escola de campo, mas também uma quieta casa de campo ou uma ilha de fadas”. Há pessoas que adotam posturas importantes defronte à mesa quando querem ler um pouco, e logo se queixam de que não podem ler porque o quarto está demasiado frio, ou a cadeira é muito dura, ou muito forte a luz. E há escritores que se queixam de não poder escrever porque há muitos mosquitos, ou porque o papel é muito brilhante, ou vem muito ruído da rua. O grande sábio Sung, chamado Ouyang Hsiu, confessou as três ocasiões ou lugares em que criava as suas melhores obras: no travesseiro, montado a cavalo e durante a toilette. Outro famoso sábio Ch’ing, Ku Ch’ienli, era conhecido pelo seu costume de “ler os clássicos confucianos completamente nu, no verão”. Em compensação, se não nos agrada a leitura, não faltam motivos para não ler em nenhuma das estações do ano:

Estudar na primavera é traição;
Não há como o estio para o sono;
E espera, enquanto o inverno vai tangendo o outono,
Que a primavera seja a próxima estação.

Em que consiste, pois, a verdadeira arte da leitura? A resposta, muito simples, é tomar um livro e ler quando se tem vontade. Pega a gente um lindo volume de Lisao, ou de Omar Khayyam, e vai, de mãos dadas com o seu amor, ler à margem de um rio. Se há boas nuvens no céu, pode-se ler as nuvens e esquecer o livro, ou ler o livro e as nuvens ao mesmo tempo. Às vezes, um bom cachimbo, ou uma taça de chá, constituem o momento mais perfeito. Ou talvez por uma noite nevada, sentado ante o fogo, quando canta uma chaleira e há uma boa bolsa de fumo ao alcance da mão, a gente reúne dez ou doze livros de filosofia, economia, poesia, biografia e os empilha no divã e depois preguiçosamente os folheia e mergulha suavemente naquele que mais atrai a atenção, de momento. Chin Shengt’an considera que um dos maiores prazeres da vida é ler um livro proibido, a portas fechadas, por uma noite de neve.

A melhor descrição do prazer da leitura, encontrei-a na autobiografia da maior poetisa chinesa, Li Ch’ingchao (Yi-an, 1081-1141). Ela e seu marido costumavam ir ao templo, onde se vendiam livros de segunda mão e cópias de inscrições em pedra, no dia em que ele recebia sua mensalidade como estudante da Academia Imperial. No regresso compravam também algumas frutas e, chegados em casa, começavam a descascá-las, ou a beber chá, enquanto comparavam as variações em edições diferentes. No seu esboço autobiográfico, diz ela:

“Eu tenho boa memória, e, sentados a sós depois de comer, no Salão do Regresso à Casa, costumávamos preparar chá e, mostrando os livros nas estantes, dizíamos em que linha, de que página, e de que volume de certa obra se achava determinada passagem, para quem acertava, e o que ganhava tinha o privilégio de beber primeiro sua taça de chá. Quando um dos dois acertava, erguíamos muito alto a taça e rompíamos em gargalhadas, tanto que às vezes se derramava o chá sobre as nossas vestes e não o podíamos beber. Que contentes estávamos por viver e envelhecer num mundo assim! Por isso mantínhamos alta a cabeça, embora vivêssemos na pobreza e cheios de cuidados… Com o tempo a nossa coleção foi aumentando, e os livros e objetos de arte se empilharam em mesas e escrivaninhas e camas, e nós os gozávamos com os olhos e com o espírito, e discutíamos sobre eles, saboreando uma felicidade muito superior à dos que gozam dos cachorros, dos cavalos, da música e da dança…”

Li escreveu isto na velhice morto já seu marido, quando era uma velha solitária que fugia de um lugar para outro, durante a invasão do norte da China pelas tribos Chin.

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A Importância de Viver, de Lin Yutang (tradução de Mário Quintana).

Quatro contribuições brasileiras ao pensamento universal

Olavo de Carvalho

« Mas, como dizia Reinhold Niebuhr, a consciência do homem está sempre um pouco acima da sociedade em que vive. O melhor do que o Brasil guardou para o futuro está nas criações do gênio individual. Ao contrário do que se passa com a língua e com a religião nacionais, elas sobrevivem às perguntas: Qual o valor da contribuição brasileira para a inteligência humana em sua caminhada sobre a Terra? Demos à humanidade algo de que ela realmente necessite, ou limitamo-nos a solicitar sua atenção para as nossas necessidades?

« Na esfera do pensamento — e excluindo portanto as manifestações artísticas, que escapam ao tema do presente capítulo —, o Brasil deu pelo menos quatro contribuições maiores, que sobreviverão à passagem dos séculos. Absolutamente incomparáveis, a sociologia de Gilberto Freyre, o pensamento jurídico e político de Miguel Reale, a obra crítica e historiográfica de Otto Maria Carpeaux e a filosofia de Mário Ferreira dos Santos são os pontos mais altos alcançados pelo pensamento brasileiro no seu esforço de cinco séculos para erguer-se à escala do universalmente humano. Se o povo brasileiro fosse varrido da existência na data de hoje, seria a eles que caberia comparecer em nosso nome ante o trono do Altíssimo para responder à cobrança temível: — Que fizeste dos talentos que te dei?

« As razões que sustentam essa avaliação podem ser resumidas em quatro palavras, que definem as esferas de realização abrangidas por cada uma dessas obras ciclópicas: cada uma delas é, mais que qualquer outra produzida neste país, abrangente, consistente, única e universal. Estes quatro adjetivos não têm apenas uma função enfática e laudatória, mas traduzem critérios precisos:

« 1° Cada uma delas abrange numa visão sintética a totalidade temática e problemática de um determinado campo do conhecimento até o ponto a que este havia chegado, em sua evolução histórica, no momento em que essa obra atingia seu ponto culminante.

« 2° Cada uma delas possui uma unidade orgânica que coere em torno de princípios fundamentais simples a vastidão do campo abrangido.

« 3° Cada uma delas é sem similares que as possam substituir em qualquer outra língua ou cultura.

« 4° Cada uma delas fala aos homens de todos os quadrantes, levando-lhes, desde o Brasil, um conhecimento essencial, a respeito não apenas do Brasil, mas a respeito deles mesmos e do mundo em que vivem. Dito de outro modo: nessas obras e somente através delas entramos plenamente no diálogo universal dos homens, superando o complexo egocêntrico de uma cultura voltada para si mesma.

« Todas elas e somente elas atendem a esses requisitos.

« Se alguém quiser por em dúvida a validade dos quatro critérios, movido por escrúpulos que lhe pareçam muito científicos no que diz respeito à possibilidade de fixar objetivamente o “mais alto” e o “menos alto”, direi que toma suas inibições pessoais como rigores de método.»

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O Futuro do Pensamento Brasileiro – Estudos sobre nosso lugar no mundo, de Olavo de Carvalho.

Cláudio Moreno: “Deixem nossa ortografia em paz!”

Cláudio Moreno

« Esta anunciada reforma é ineficaz, amadora e espantosamente prejudicial ao nosso sistema de ensino. Se o Brasil ainda guardar uma pequena reserva de sensatez, vai esquecer esta proposta para sempre e sepultá-la no cemitério das idéias malucas, de onde ela nunca deveria ter saído. Em primeiro lugar, é ineficaz porque não conseguiria alcançar o que pomposamente anuncia — unificar a grafia em todos os países que compartilham nosso idioma. O sistema ortográfico brasileiro e o português são muito parecidos; como dois navios paralelos, singram o oceano sempre na mesma direção, a vinte metros um do outro. A atual reforma conseguiria aproximá-los para dezessete metros — isto é, iria diminuir três metros da distância, a qual, no entanto, continuaria a existir. É muito custo e muito trabalho para muito pouco proveito. Daqui a uns trinta anos, tudo ia começar de novo.

« Em segundo lugar, é amadora porque pouco ou quase nada simplifica o trabalho de aprender e de ensinar a ortografia; elimina algumas regrinhas secundárias, embaralha ainda mais (se é que isso é possível!) o emprego do hífen e, ironia suprema, quer suprimir o acento de pára (verbo), usado para distingui-lo da preposição para — logo um dos raríssmos acentos diferenciais que teria toda a justificativa para continuar existindo.

« Em terceiro lugar, causaria um dano incalculável ao sistema de ensino. Hoje convivem brasileiros que foram alfabetizados (1) pelo modelo anterior a 1943, (2) pelo modelo definido pelo Acordo de 1943, (3) pelo modelo modificado pelo Acordo de 1971; já vivemos um quadro suficientemente complicado e não precisamos acrescentar mais uma camada nesse pandemônio. Ortografia precisa de tempo para sedimentação — e isso se conta em séculos, não em décadas. Uma nova reforma aumentaria ainda mais a insegurança que todo brasileiro tem na hora de escrever — insegurança essa, como podemos ver, absolutamente justificada. Parem de brincar com o que não entendem; deixem nossa ortografia em paz!»

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Arquivem esta reforma! E já!, de Cláudio Moreno.

Dentre todos os artigos e comentários que li a respeito da famigerada nova ortografia e do cinzento Vocabulário Ortográfico da Língua Portuguesa, os mais sãos, os mais lúcidos e relevantes foram escritos pelo professor Cláudio Moreno. Eu, que ainda não engoli essas mudanças, que no máximo arrisquei a grafar, com peso na consciência, uma que outra “idéia” sem acento, não podia ficar mais satisfeito ao encontrar tão preparado combatente: Cláudio Moreno não perdoa o desengonçado Acordo Ortográfico. A leitura de seus textos me traz alívio – suas ironias e metáforas são irresistíveis – e me deixa mais seguro de que resistir a essa arbitrariedade é o melhor caminho. Sugiro os artigos abaixo:

Bernardo Soares e aqueles que dominam o Diabo

Fernando Pessoa

« Tive sempre uma repugnância quase física pelas coisas secretas — intrigas, diplomacia, sociedades secretas, ocultismo. Sobretudo me incomodaram sempre estas duas últimas coisas — a pretensão, que têm certos homens, de que, por entendimentos com Deuses ou Mestres ou Demiurgos, sabem — lá entre eles, exclusos todos nós outros — os grandes segredos que são os cavoucos do mundo.

« Não posso crer que isso seja assim. Posso crer que alguém o julgue assim. Por que não estará essa gente toda doida, ou iludida? Por serem vários? Mas há alucinações coletivas.

« O que sobretudo me impressiona, nesses mestres e sabedores do invisível é que, quando escrevem para nos contar ou sugerir os seus mistérios, escrevem todos mal. Ofende-me o entendimento que um homem seja capaz de dominar o Diabo e não seja capaz de dominar a língua portuguesa. Por que há o comércio com os demônios de ser mais fácil que o comércio com a gramática? Quem, através de longos exercícios de atenção e de vontade, consegue, conforme diz, ter visões astrais, por que não pode, com menor dispêndio de uma coisa e de outra, ter a visão da sintaxe? Que há no dogma e ritual da Alta Magia que impeça alguém de escrever — já não digo com clareza, pois pode ser que a obscuridade seja da lei oculta —, mas ao menos com elegância e fluidez, pois no próprio abstruso as pode haver[?] Porque há de gastar-se toda a energia da alma no estudo da linguagem dos Deuses, e não há de sobrar um reles bocado, com que se estude a cor e o ritmo da linguagem dos homens?

« Desconfio dos mestres que o não podem ser primários. São para mim como aqueles poetas estranhos que são incapazes de escrever como os outros. Aceito que sejam estranhos; gostara, porém, que me provassem que o são por superioridade ao normal e não por impotência dele.

« Dizem que há grandes matemáticos que erram adições simples; mas aqui a comparação não é com errar, mas com desconhecer. Aceito que um grande matemático some dois e dois para dar cinco: é um ato de distração, e a todos nós pode suceder. O que não aceito é que não saiba o que é somar ou como se soma. E é este o caso dos mestres do oculto, na sua formidável maioria.»

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Livro do Desassossego, de Bernardo Soares (heterônimo de Fernando Pessoa).

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