5:20 pmDJ Oblongui

Este é um post nostálgico. Trata-se de um set do DJ Oblongui, cujo início de carreira cheguei a companhar no club Wlöd, em Brasília, nos idos de 1996.

9:25 amRoberto Carlos, o dito cujo carcará romantiquento

Da adolescência até uns, sei lá, vinte e seis anos de idade, eu não podia ouvir Roberto Carlos de jeito nenhum, afinal, achava aquela cantoria toda breguérrima, uma coisa completamente envelhecida e ultrapassada. Sabe, né? Música do pai, da mãe, do tio, da avó, enfim, daquela gente que reclama do seu rock e das suas músicas eletrônicas.

O primeiro passo para mudar essa visão ocorreu em São Paulo, em 1998, quando a filha de uma namorada — namorada esta doze anos mais velha do que eu — chegou felicíssima da praça Benedito Calixto com vários discos — vinis, véio, vinis — todos do dito cujo carcará romantiquento. Como era possível? A filha adolescente da minha namorada ouvindo as músicas dos “coroas”? Seriam os hormônios? Muito esquisito. Devia haver algo de muito estranho no reino da menarca.

Porém, o tempo passou e, hoje, não posso ouvir Roberto Carlos de jeito nenhum simplesmente porque me identifico tanto TAnto TANto TANTO com certas letras que, se insistir em ouvi-lo, serei capaz ou de dar um tiro na cabeça de tanta melancolia e dor de cotovelo, ou de sair gritando “Jesus Cristo, eu estou aqui” pela rua, ou de sair por aí mandando brasa, mora? O que seria péssimo, afinal, segundo noto pela atual onda politicamente correta, mandar brasa já não é algo aceitável socialmente.

Sim, sim. Todo esse preâmbulo para dizer que eu aprendi a gostar do Roberto Carlos. E, para piorar (tá! tá! para melhorar), ainda incluí suas músicas no meu repertório de chuveiro.

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Publicado no Digestivo Cultural.

9:28 amEça de Queiroz e o médium

Estou me divertindo com a Hemeroteca Digital Brasileira. Muito bom ter acesso a tantos jornais e revistas antigos. Estava pesquisando uma informação dada por José J. Veiga, no livro Relógio Belisário, que cita o jornal Cidade do Rio, e acabei encontrando essa outra notinha das mais interessantes. Trata do encontro, em Paris, entre os escritores Eduardo Prado e Eça de Queiroz e um médium local. O jornal data de 21 de Maio de 1896.

10:34 amSão Paulo, a Symphonia da Metropole (1929)

São Paulo, a Sinfonia da Metrópole (1929), dirigido por Rodolfo Lustig e Alberto Kemeny.

Como o filme não tem trilha sonora, sugiro algumas variações de Beethoven:

7:47 amClaude Lévi-Strauss habla de Goiânia y de otras ciudades brasileñas

Claude Lévi-Strauss

« En esas ciudades de síntesis del Brasil meridional, la voluntad secreta y testaruda que se revela en el emplazamiento de las casas, en la especialización de las arterias, en el estilo naciente de los barrios, parecía tanto más significativa cuanto que, contrariándolo, prolongaba el capricho que había dado origen a la empresa. Londrina, Nova-Dantzig, Rolandia y Arapongas — nacidas de la decisión de un equipo de ingenieros y financieros — volvían suavemente a la concreta diversidad de un orden verdadero, como un siglo antes lo había hecho Curitiba, y como quizás hoy lo hace Goiánia.

« Curitiba, capital del Estado de Paraná, apareció en el mapa el día en que el gobierno decidió hacer una ciudad: la tierra que se adquirió a un propietario fue cedida en lotes lo suficientemente baratos como para crear una afluencia de población. El mismo sistema se aplicó más tarde para dotar de una capital — Belo Horizonte — al Estado de Minas. Con Goiánia se arriesgaron aún más, pues el primer objetivo había sido el de fabricar la capital federal del Brasil a partir de la nada.

« Aproximadamente a un tercio de la distancia que separa, a vuelo de pájaro, la costa meridional del curso del Amazonas, se extienden vastas mesetas olvidadas por el hombre desde hace dos siglos. En la época de las caravanas y de la navegación fluvial podían atravesarse en unas semanas para remontarse desde las minas hacia el norte; así se llegaba a la ribera del Araguaia, y por él se bajaba en barca hasta Belém. Único testigo de esta antigua vida provinciana, la pequeña capital del Estado de Goiás, que le dio su nombre, dormía a 1000 kilómetros del litoral, del que se encontraba prácticamente incomunicada. En un paraje rozagante, dominado por la silueta caprichosa de los morros empenachados de palmas, calles de casas bajas descendían por las cuchillas, entre los jardines y las plazas donde los caballos transitaban ante las iglesias de ventanas adornadas, mitad hórreos, mitad casas con campanarios. Columnatas, estucos, frontones recién castigados por la brocha con un baño espumoso como clara de huevo y teñido de crema, de ocre, de azul o de rosa, evocaban el estilo barroco de las pastorales ibéricas. Un río se deslizaba entre malecones musgosos, a veces hundidos bajo el peso de las lianas, de los bananeros y de las palmeras que habían invadido las residencias abandonadas; éstas no parecían marcadas con el signo de la decrepitud; esa vegetación suntuosa agregaba una dignidad callada a sus fachadas deterioradas.

« No sé si hay que deplorar o regocijarse con lo absurdo: la administración había decidido olvidar Goiás, su campiña, sus cuestas y su gracia pasada de moda. Todo ello era demasiado pequeño, demasiado viejo. Se necesitaba una tabla rasa para fundar la gigantesca empresa con la que soñaban. Se la encontró a 100 kilómetros hacia el este, en la forma de una meseta abierta sólo por pasto duro y zarzales espinosos, como azotada por una plaga que hubiera destruido toda fauna y toda vegetación. Ningún ferrocarril, ninguna carretera conducía a ella, sino tan sólo caminos adecuados para los carros. Se trazó en el mapa un cuadrado simbólico de 100 kilómetros de lado, correspondiente a ese territorio, sede del distrito federal, en cuyo centro se levantaría la futura capital. Como no había allí ningún accidente natural que importunara a los arquitectos, éstos pudieron trabajar en el lugar como si lo hubieran hecho sobre planos. El trazado de la ciudad se dibujó en el suelo; se delimitó el contorno y dentro de él se marcaron las diferentes zonas: residencial, administrativa, comercial, industrial y la reservada a las distracciones; éstas son siempre importantes en una ciudad pionera: hacia 1925, Marilia, que nació de una empresa semejante, sobre 600 casas construidas contaba con casi 100 prostíbulos, en su mayoría consagrados a esas francesinhas que con las monjas constituían los dos flancos combatientes de nuestra influencia en el extranjero; el Quay d’Orsay lo sabía muy bien y todavía en 1939 dedicaba una fracción sustancial de sus fondos secretos a la difusión de las revistas “ligeras”. Algunos de mis colegas no me desmentirán si hago recordar que la fundación de la Universidad de Rio Grande do Sul, el Estado más meridional del Brasil, y la preeminencia que allí se dio a los maestros franceses, tuvieron por origen el gusto por nuestra literatura y nuestra libertad que una señorita de virtud ligera inculcó a un futuro dictador, en París, durante su juventud.

« De la noche a la mañana los diarios se llenaron de carteles que ocupaban páginas enteras. Se anunciaba la fundación de la ciudad de Goiánia; en torno de un plano detallado, tal como si la ciudad hubiera sido centenaria, se enumeraban las ventajas que se prometían a los habitantes: vialidad, ferrocarril, derivación de aguas, cloacas y cinematógrafos. Si no me equivoco, al principio, en 1935-1936 hasta hubo un período en que la tierra era ofrecida en primer lugar a los adquisidores que pagaban las costas. Pues los abogados y los especuladores eran los primeros ocupantes.

« Visité Goiánia en 1937. Una llanura sin fin con algo de terreno baldío y de campo de batalla, erizada de postes eléctricos y de estacas de agrimensura, que dejaba ver unas cien casas nuevas dispersas en todas direcciones. La más importante era el hotel, paralelepípedo de cemento que, en medio de semejante llanura, parecía un aeropuerto o un fortín. De buen grado se le hubiera podido aplicar la expresión «baluarte de la civilización» en un sentido no figurado sino directo, que así empleado tomaba un valor singularmente irónico, pues nada podía ser tan bárbaro, tan inhumano, como esa empresa en el desierto. Esa construcción sin gracia era lo contrario de Goiás; ninguna historia, ninguna duración, ninguna costumbre había saturado su vacío o suavizado su dureza; uno se sentía allí como en una estación o en un hospital, siempre pasajero, jamás residente. Sólo el temor a un cataclismo podía justificar esta casamata. En efecto, se había producido uno y su amenaza se veía prolongada en el silencio y la inmovilidad que reinaba. Cadmo, el civilizador, había sembrado los dientes del dragón. Sobre una tierra desollada y quemada por el aliento del monstruo se esperaba que los hombres avanzaran.»

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Tristes Trópicos, de Claude Lévi-Strauss.

(Traduzido do francês ao espanhol por Noelia Bastard.)

1:47 pmLast Day Dream (2009), de Chris Milk

Dizem que a vida inteira passa diante de nossos olhos à hora da morte…

7:34 pmO fabuloso destino de Hilda Hilst na Casa do Sol

O artigo abaixo, escrito por Antonio Nahud Júnior, certamente trará fortes lembranças a todos os que tiveram o privilégio de conviver com a escritora Hilda Hilst. Minha identificação foi total. Tendo residido em sua casa por dois anos, posso confirmar: Antonio falou e disse.

O fabuloso destino de Hilda Hilst na Casa do Sol

Hilda Hilst

Ainda me lembro do sorriso de Hilda Hilst (1930-2004). Um sorriso enigmático que interroga e que responde. Um sorriso invulgar que me ocorre tão nítido, tão límpido, tendo como cenário os jardins exuberantes da Casa do Sol, um sítio a 11 quilômetros de Campinas. Eu costumava visitá-la nos finais de semanas dos primeiros anos dos 90. A poeta habitava aquele claustro desde 1966, abrindo mão da intensa vida de convívio social para se dedicar exclusivamente à literatura. Tal mudança foi influenciada pela leitura de “Carta a El Greco” (1956), do escritor grego Nikos Kazantzakis, que defende a necessidade do isolamento para se aprofundar na complexidade da própria escrita. É uma residência despojada, estilo andaluz, com pátio interno central. Rodeando a construção, uma variedade de árvores, entre elas a figueira centenária que era a preferida da escritora. “Sou poeta”, confessei com certo pudor no nosso primeiro encontro. “Ser poeta é algo elevado, difícil…”, respondeu rindo com extravagância. Desde então, nos tornamos íntimos. Enamorado por sua inteligência incomum e comportamento liberal, deixava-me embalar pela voz rouca de dicção perfeita lendo Ovídio, Petrarca, John Donne, Shakespeare, Jorge de Lima, Oscar Wilde e, por fim, Henri Michaux. À noite, víamos a telenovela do horário nobre global, acompanhados por um excitante uísque escocês e intermináveis gracejos de saudável loucura. Estive ao seu lado durante a feitura de “Do Desejo” (1992), numa movediça e fugaz satisfação. Nada esgotava o seu arsenal de palavras, num consciente delírio verbal que explodia todas as fronteiras do dizer.

A dramaticidade da Casa do Sol se confundia com prospecções filosóficas sobre o tempo, a morte, o amor, Deus. Suas paredes intensas, rosadas, manchadas e úmidas, respiravam a solidão compartilhada e a grandeza da vivência escrita, protegendo o fabuloso destino de sua moradora, uma das protagonistas fundamentais da paisagem literária brasileira do século 20. Fotografei Hilda dezenas de vezes em sua sozinhez, registrando a anatomia de um corpo idoso, flácido, de rugas em tom acobreado. Onde a formosura da juventude lembrando Ingrid Bergman ou Jeanne Moreau? Avançada para a sua época, ela foi musa de artistas, poetas – Vinicius de Moraes chegou a se apaixonar por ela – e milionários. Era encantadora, livre, generosa, lúcida, sarcástica, queixosa, íntegra, culta, melancólica e apaixonada por cães. Embora tenha alcançado ampla notoriedade pessoal, mastigava o estigma de não se considerar popular, acessível, ambicionando ser lida, estudada, discutida. Numa estratégia escandalosa, chamou a atenção para a sua obra por meio de suposta adesão ao registro pornográfico. Filha de família rica do interior paulista, confessou-me episódios terríveis de sua trajetória em busca do inefável, passando por contínuos dissabores e problemas. Pois a sociedade burguesa exige o meio-termo, o disfarce, nunca quem milita contra a hipocrisia reinante.

O deslumbre desconcertante do texto hilstiano mistura gêneros e linguagens, sempre babélico, refinado, irreverente, polifônico, múltiplo. Numa busca literária mística, sua visão é de angústia e, ao mesmo tempo, de êxtase. Com fervoroso amor pela originalidade, registra um intenso trabalho de linguagem e de musicalidade, um imaginário poético no qual questionamentos metafísicos se mesclam com fatos cotidianos. Sou leitor fiel de Hilda Hilst, sem nunca me esquecer dos momentos rutilantes que passamos juntos. Hildinha, num dia infeliz, deixou de falar comigo por ciumadas, conspirações, calúnias, coisas tolas de parasitas que sobreviviam de sua solitude. Fiquei abatido, sofri, mas sabia que tinha que ser assim, já havia acontecido com outros freqüentadores da Casa do Sol. Ao morrer, não me espantei, pois a sua morte estava anunciada há décadas. Essa grande poeta morria a cada instante desde muito antes de conhecê-la. A bela senhora apenas saía do corpo ao encantamento, rumo ao enigma. Mudava-se para Marduk, o planeta reservado aos poetas, como acreditava. Mas o embevecimento diante da sua criação crescerá à medida que as gerações futuras consigam apreender a transgressão da sua linguagem complexa, tentadora e relevante. Chegará o tempo em que sua imagem pública excêntrica deixará de predominar sobre o conhecimento da sua literatura.

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Antonio Nahud Júnior é escritor e jornalista.
Mora no Rio Grande do Norte.
Leia este Artigo na Edição de Junho da Revista Digital:
www.cinzasdiamantes.blogspot.com

11:00 pmO tombamento da Casa do Sol

Recebi o email abaixo de Daniel Mora Fuentes, do Instituto Hilda Hilst:

Casa do Sol

Caros,

O Instituto Hilda Hilst tem a felicidade de comunicar, nesta semana em que Hilda completaria 80 anos, o inicio do processo de tombamento da Casa do Sol, sede do Instituto, e também o lançamento de projeto arquitetônico de reforma e construção de teatro, biblioteca e residência de bolsistas. Recomendamos também reportagem especial sobre Hilda e o futuro do Inst. Hilda Hilst que irá ao ar no programa Metrópolis da TV Cultura, quarta-feira dia 21, as 20:30 hs.

Neste tombamento vale ressaltar a fundamental participação da Academia Paulista de Letras, Unicamp e Ed. Globo, além da amizade e empenho da amiga Lygia Fagundes Telles. Importante valorizar também a parceria com o escritório RBF Arquitetura e Planejamento, responsável pelo projeto arquitetônico para o futuro da Casa do Sol.

Outro evento interessante que circunda esta “semana Hilda Hilst” é o lançamento do livro “Porque Ler Hilda Hilst”, de Alcir Pécora, pela Ed. Globo, que contará com pocket-show de Zeca Baleiro e outros eventos interessantes.
Todos estão convidados (dia 21, 16hs, Livraria Cultura do Shopping Pompéia)!

Grande abraço,

Daniel Fuentes
www.hildahilst.com.br

1:07 pmO Marceneiro e o Poeta ou Antônio Ramos e Bruno Tolentino

Bruno Tolentino

Antônio estava debruçado sobre um banco de madeira rústico, que ele, com a expressão atenta de um cirurgião, colocara de ponta-cabeça para melhor avaliar o estrago causado pelos cupins. Com uma verruma, ia seguindo e alargando as trilhas abertas pelos insetos, como quem ara o solo antes da semeadura. O banco era pesado, comprido — comportaria umas cinco ou seis pessoas sentadas lado a lado —, e tinha orifícios de cupim por toda sua extensão. O Sol das nove horas da manhã, um Sol de outono, já iluminava praticamente todo o átrio da casa, fazendo luzir as lascas de madeira que se desprendiam da parte inferior do assento, enquanto eu, sem esconder minha admiração por aquela sem-cerimônia com um objeto tão estimado por sua proprietária, ia observando o desenrolar daquela tarefa milenar. Eu ainda tinha em mente a missão que recebera, mas o ar misterioso e reticente daquele marceneiro, suas maneiras graves e seu olhar duro, despertavam minha curiosidade para além da tarefa que me fora incumbida. Ao contrário da escritora Hilda Hilst, eu não sentia o menor receio pela presença daquele desconhecido de meia-idade, um negro de baixa estatura, roupas surradas e ar circunspecto. No entanto, ela era a proprietária da casa e tinha todo o direito de saber quem era seu novo hóspede. Até entrar naquele pátio árabe, eu sequer sabia que se tratava de um artesão. Sentia, sim, um interesse crescente por sua história, afinal, dificilmente davam às praias da Casa do Sol pessoas desprovidas de experiências, valor e espírito. ¿Por quais meios, por quais acasos e destinos ele teria ido parar em nosso refúgio de escritores?

“¿Por acaso você tá tentando competir com os cupins para ver quem é mais eficiente na destruição do banco?”

Ele sorriu pela primeira vez desde que chegara ali na tarde anterior: “Pois é… Isso aqui é como combater um câncer… A gente precisa retirar o que tá podre antes de iniciar o tratamento.”

“Humm… Você então trabalha mesmo como marceneiro, né.”

“Bom, a marcenaria é meu salva-vidas…”

Eu me sentei no chão, à beirada da varanda, pensando no quanto invejava os detentores de semelhantes habilidades manuais. Eu mal era capaz de desmontar e montar uma bicicleta, quanto mais de restaurar móveis de madeira. Minha presença não parecia incomodá-lo nem um pouco. Antônio, mergulhado em silenciosa concentração, prosseguia com seu labor. Pigarreei, embaraçado com minha tarefa.

“¿Você sabe quando ele vai voltar, Antônio?”

“Ele me disse que voltava em uma semana.”

“¿E você va–”

“¿Ela tá com medo de mim, não tá?”, me interrompeu, sem deixar de mirar o banco.

Eu sorri: “Na verdade… sim. Quer dizer, não é bem meeedo…”

“Mas ela pediu pra você vir conversar comigo, me sondar, ¿né?”

“Exatamente”, respondi, satisfeito por ver que ele não era nenhum idiota e que não era dado a rodeios. “Mas você não precisa ficar chateado com ela.”

“Não, claro que não, eu entendo.”

“Ela já passou por uns maus bocados aqui, Antônio. Muita gente doida costuma dar as caras nesta chácara e, como ela não tem marido nem filhos, às vezes se sente desprotegida. É uma mulher de setenta anos, ¿saca?”

Ele me encarou com um olhar mais leve, como se o gelo, graças à nossa franqueza mútua, tivesse sido quebrado.

“Yuri — ¿seu nome é Yuri, né? — me passa por favor essa caixa de ferramentas aí do seu lado.”

Estendi-lhe a caixa, que parecia uma caixa de engraxate, e resolvi ser tão direto quanto ele.

“¿E então, Antônio?”, comecei em tom amistoso. “Além de ser um cupim gigante, ¿há sobre você algum outro dado ameaçador que poderia fazer a Hilda perder o sono?”

Ele parou com seu trabalho e me olhou direto nos olhos, sustentando uma expressão simultaneamente irônica e inocente. As ferramentas luziam dentro da caixa, que ele acabara de abrir.

“Humm. Depende… ¿Você acha que ela ia ficar assustada se soubesse que eu sou… um fugitivo da justiça?”

Meu interesse viu-se elevado ao cubo.

“¿E você é?”

Ele riu, retomando o serviço: “Sou sim. Faz dois anos que fugi da prisão.”

Uma eletricidade percorreu meu corpo só de imaginar a reação da Hilda ao receber uma notícia como aquela. Uma eletricidade extática. Muito difícil evitar pequenos prazeres sádicos, ainda mais diante de uma mulher com discretas necessidades masoquistas. A Hilda certamente ficaria aterrada com a informação, mas a receberia rindo nervosamente, curtindo mais essa ironia do destino. “Meu Deus, Yuri! Essa casa só atrai gente estranha!!”, diria, degustando seu mais novo motivo para entrar em pânico.

“Peraí, Antônio, ¿não me diga que você já matou alguém?”

“Quando a gente fala em prisão, todo mundo já pensa logo em homicídio. Mas não, nunca matei ninguém não.”

“¿E você foi preso por quê?”

“Drogas.”

“Ah, você traficava.”

“Não exatamente. Eu semprei fumei maconha. Maconheiro mesmo. E um dia eu saí com um sobrinho meu, de carro. Uma blitz parou a gente e ele tava com uma trouxinha no bolso. Eu não tinha nada a ver com aquilo, mas achei que minha irmã fosse me culpar caso ele fosse preso. Então eu disse ao policial que eu é que tinha dado o bagulho pra ele. Foi uma burrice dupla: primeiro porque ele era menor de idade e não ia ter maiores problemas; segundo porque eu não sabia que, na lei, presentear alguém com drogas é considerado tráfico. Artigo 12.”

“Caramba. Onde foi isso?”

“Em Goiânia.”

“Ah, essa é boa! ¿Então você é de Goiânia? Morei alguns anos lá.”

“Eu cresci no Setor Macambira. Fiquei preso no CEPAIGO.”

Antônio agora retirava uma das pernas do banco, inutilizada pela ação dos cupins.

“Nossa! O Carandiru do cerrado… ¿Você já tinha passado por algo assim antes?”

“Não, nunca. Nunca fui do crime. Aprendi marcenaria primeiro com meu pai e depois numa escola técnica. Sempre trabalhei com isso, desde a adolescência. Meu pai achava ridídulo dizerem que criança não deve trabalhar. Ele tava certo: sem um ofício a pessoa tá é perdida… Também participei de um grupo de teatro na associação de moradores lá do bairro. Cheguei a dirigir duas peças… Amadoras, né.”

“Você obviamente deve ter ficado muito puto com esse negócio de ser preso.”

“¿Puto?! Eu fiquei foi apavorado, em pânico!!”

“¿E como você se virou lá no CEPAIGO?”

Antônio então se sentou ao meu lado e começou a medir, com uma trena, a perna defeituosa que havia extraído do banco.

“Olha, pra falar a verdade, até que eu tive sorte. Quando eu cheguei lá, tava morrendo de medo, super ansioso. Aqueles portões altos abrindo pra gente entrar… Que sensação horrível!… E eu ia ficar de três a quinze anos lá dentro. É uma sensação de que a vida acabou, de que você está sendo jogado numa lata de lixo de gente, de que a sociedade agora tá cagando e andando pra você. O que eu não sabia é que tava correndo um boato de que um tal Cartucheirinha tinha sido preso e ia chegar naquele dia também. Todo mundo tinha medo dele, tanto os carcereiros quanto os outros presos. Um cara perigoso de verdade. Aí, chega a viatura e… ¿quem sai de dentro dela? Eu. Todo mundo pensou que eu é que era o Cartucheirinha.” Antônio deu uma risada acanhada: “Juro! Me olhavam com um respeito… E eu calado, sem saber o que se passava, com medo deles. Achavam que era brabeza minha.”

“Meu Deus! Que sorte, ¿hem? ¿E quando perceberam o engano?”

“Ah, nem me lembro mais. Só sei que, quando descobriram, eu já tava fabricando bancos, mesas, estantes, prateleiras pra todo mundo. Achavam que eu era um Bíblia, ¿entende? Um crente. Todos me tratavam bem e me pagavam pra fazer coisas pra cela deles. A marcenaria é meu colete salva-vidas… Mas lá era um lugar cheio de caras estranhos. Por exemplo. Tinha um, o Divino Caveirinha, que cismou que ia pular o muro da penitenciária usando esses balões de festa com hélio. Vivia tentando contrabandear cilindros de hélio lá pra dentro, coitado. Como se alguém fosse fazer esse jumbo pra ele.”

“Jumbo?”

“É. Jumbo é uma encomenda que o presidiário faz. Ih, é tanta palavra diferente que a gente usa.”

“Por exemplo?”

“Lá na prisão, taba era maconha. Pino ou pedra era o crack… Hum… Tranca-dura era o xadrez. Ganso era o alcagüete, o dedo-duro… Ah, é coisa demais.”

“¿E como foi que você fugiu da prisão? Nunca pensei que pudesse ser fácil assim.”

“Ah, não foi não. E eu não pretendia fugir. E também nem foi de lá que fugi.”

“Ué, ¿como assim?”

“Eu e meu advogado conseguimos provar que eu era usuário, e não um traficante. Levou quase um ano pra conseguir isso. Eu mesmo já havia me internado em duas clínicas de reabilitação antes de ser preso: uma espírita e outra evangélica. Isso ajudou a convencer o juiz.”

“¿Clínica espírita? ¿Evangélica? Nossa.”

“Foi por causa da minha mulher. Ela tinha ameaçado se separar caso eu não parasse com a maconha. Aí eu me internei nessas clínicas.”

“¿Em Goiânia?”

“A evangélica era em Anápolis, lá perto, mas primeiro fiquei na espírita, em Goiânia. Era muito legal lá, um lugar bonito, calmo, com um jardim bem grande, muitas árvores. Era uma chácara, na verdade. Lá eu também ficava trabalhando com madeira, conversando com as pessoas, pensando na vida. Os psicólogos de lá eram gente muito boa. É claro que tinha muito nego maluco, sabe, né, usuários. E a verdade é que, depois de passar pelas três clínicas de reabilitação, percebi que elas são os lugares onde mais facilmente a gente encontra drogas.”

Eu ri: “Sério?!”

“Claro, aquele bando de nego na fissura, em abstinência, doido pra cair na tentação. Aí sempre tem um interno mais perverso que aproveita, né. O trem é feio mesmo, Yuri.”

“Puts. E o pessoal da clínica sabendo de tudo, fazendo vista grossa.”

“Não, não, são gente honesta, disposta a ajudar mesmo. Quer dizer, com exceção da clínica alopática, né, pra onde eu fui depois de preso. Lá, nem precisa ter traficante: eles mesmos se encarregam de deixar você dopado o dia inteiro. Acho que é pra você não ter condição de pensar em usar as outras drogas, as ilegais. E se reclamar, leva um sossega leão.”

“¿Sossega leão?”

“É, a gente chamava assim. É uma injeção de Amplictil misturada com mais alguma coisa. Você fica lesado o dia todo. Isso se você conseguir ficar acordado, claro.”

“Credo. Então as clínicas religiosas eram melhores.”

“A espírita era. A evangélica ainda não sei dizer.”

“¿Como assim?”

“Ah, na espírita era uma vida super tranqüila, ¿sabe? E era mista, mulheres e homens juntos. Não na hora de dormir, né. Mas era mais fácil de levar. E não era só pra drogadictos, tinha muita gente lá tratando de depressão, esquizofrenia, essas coisas. Muitas visitas. A única coisa agitada lá era o Vasco, que de vez em quando saía correndo aos berros, ‘O cigano! o cigano!’, e ia se esconder em algum lugar. O cara era bisonho. Ele tinha assassinado um cigano e estava sempre vendo o espírito dele em algum lugar…”, e sorriu, sem tirar o olho da trena. “Mas a clínica evangélica era beeem diferente, disciplina militar. Castigos militares também. Uma gente rígida. Casa de Recuperação Príncipe da Paz. Só homem lá dentro — se bem que a presidente era uma mulher, dona Ângela. Por um lado foi bom, não tinha remédio nenhum e nunca li tanto, principalmente a Bíblia. Quem decorasse alguns trechos ganhava repeteco na comida. ¿Conhece o ‘telefone de Deus’?”

Eu, sorrindo: “Não”.

“Jeremias trinta e três-três: ‘Chama a mim, e responder-te-ei, e anunciar-te-ei coisas grandes e firmes que não sabes'”, e Antônio retribuiu o sorriso. “Aprendi a falar direito, ¿entende?, a me fazer respeitar. Você não precisa de terno e gravata pra ser respeitado. Falar bem é muito mais eficaz. E ler a Bíblia ajuda muito nisso. Palavras difíceis, que impressionam. Nenhum jornal tem texto escrito do jeito que a Bíblia tem. Bonito mesmo. ¿Já leu?”

“Algumas coisas. Não tudo.”

“Vale a pena…”, disse, enquanto retirava restos do pé do banco ainda presos no assento. “Mas, rapaz, era tanta humilhação nessa clínica… Acordavam a gente pra cavar buraco no meio da noite. De madrugada, quando a gente levantava, só banho gelado. Se a gente fizesse algo errado, não almoçava. Se pegassem a gente batendo punheta, vixe, mais banho gelado e buraco pra cavar à noite, lavar a louça de todo mundo e por aí vai. Difícil, viu. Mas lá eu podia trabalhar com madeira. A gente também cultivava a horta e criava escargô.”

“¿Escargô?!”

“É, aquela lesma francesa.” E rimos. “Eu cheguei a me tornar obreiro, Yuri. Ajudei a celebrar vários cultos. Quando saí de lá, já estava a ponto de virar pastor.”

“¿E por que não virou pastor? ¿Não encontrou uma cabine telefônica?”

“Uma história estranha”, começou, ignorando a pilhéria. “Na igreja os caras queriam que eu tomasse anfetaminas, rebite, ¿sabe? ¿Aqueles pastores gritando lá na frente, no palco, as frases encavaladas umas nas outras, pulando aos berros? Tudo anfetamina, o mesmo remédio que caminhoneiro toma.”

“Tá brincando!!”

“Sério, Yuri, eles acham que não tão errados porque compraram droga legalizada na farmácia, porque é pro bem, acham que ajuda a ‘entrar no Espírito’. Um pastor até me disse que aquilo era muito melhor, porque na outra igreja de onde ele tinha vindo rolava um tráfico interno de cocaína só pros pastores. ¿Mas de quê ia me adiantar trocar a maconha por bola ou por cocaína? Muito pior.”

Fiquei em silêncio por um minuto observando-o cortar um pedaço de madeira que ele desembrulhara de um papel pardo. Iria agora preparar uma nova perna para o banco.

“Tá, Antônio, deixa ver se entendi: você se internou em duas clínicas de recuperação de drogados, foi preso, se transferiu para uma outra alopática. Ok. ¿E como você fugiu?”

“Ah, um dia lá, eu simplesmente fingi que estava tomando o Anatensol, que sempre davam pra gente — na verdade, escondi o comprimido debaixo da língua — e, à tarde, quando todos estavam bodados na cama, pulei o muro.” E indignado, me encarou: “Porra, eles estavam dando choques na gente! Cheguei a passar vários dias babando, uma coisa escrota, viu.”

“¿E como você conheceu o Bruno?”

“Foi na Praça da República, em São Paulo, pra onde fui depois de fugir. É uma história comprida, vou resumir pra você… Logo que cheguei na cidade, acabei morando um tempo na favela do viaduto Alcântara Machado. Não deu muito certo, fui me meter em encrenca por causa de mulher e acabei na rua. Você sabe, mulher é foda”, e deu um sorriso amarelo. “Aí eu ficava lá na praça da República, vendendo por um Real banquinhos feitos com caixotes de feira. Ia à feira, catava as sobras de madeira e ficava lá, trabalhando. Era perigoso dormir na rua — então fiz amizade com um negão de dois metros, que vendia bebida pros mendigos e vagabundos. Eu tinha feito umas divisórias de madeira pro carrinho de supermercado que ele tinha, ¿sabe?, pra colocar as garrafas de pinga, vodka, campari, evitando que tombassem quando ele empurrasse o carrinho por aí. E então a gente se protegia, os dois negão no centro de São Paulo, ele, o grandão e eu, o baixinho. Enquanto um dormia, o outro ficava vigiando, porque tem muita violência da polícia, dos playboys, dos carecas, dos outros mendigos. E todo mundo querendo dinheiro pra ficar doidão, que era a única distração que a gente tinha. Quando a gente conseguia bagulho, alguém tinha de ficar cuidando a loira pros outros fumarem em paz.”

“¿Cuidando da loira? ¿Que loira?”

“Cuidando a loira. Loira é a polícia. E alibã é o soldado da polícia.”

“Tá, saquei.”

“Às vezes a gente comprava Artani na farmácia, um remédio pra epilepsia que deixa a gente noiado e enxergando tudo cor de rosa… A rua é foda, Yuri. Muita traição, muita briga de faca. Naife, a gente dizia.”

“Cara, que loucura…”

“É, nunca imaginei que ia ficar numa situação dessas. Tudo acontece dum jeito muito esquisito: num dia, você vai parar num aperto que parece ser o fim da linha. E fica naquilo algum tempo, acreditando que é mesmo o fim da linha. De repente, do nada, tudo muda. Outro dia, eu tava na prisão, outro, na rua e hoje tô na casa da poeta Hilda Hilst, de quem eu nunca tinha ouvido falar e que o Bruno me explicou quem é.”

Eu ri, me identificando com o comentário.

Ele: “Então, te respondendo: um dia eu tô lá na Praça, fabricando e vendendo banquinhos, e aparece esse cara magro, grisalho, todo fino, de terno e gravata, e me pergunta se eu sabia fazer mesa, cadeiras. Eu disse que só precisava de material e de algumas ferramentas melhores. Ele perguntou onde eu morava e eu disse que na rua. Quis saber por quê e eu achei ele intrometido demais, disse pra ele que a vida tinha me largado ali. Aí ele sorriu, disse que era poeta, que tinha voltado pro Brasil fazia pouco tempo e que não sabia onde comprar móveis bons. ‘Poeta não tem dinheiro pra gastar’, falei pra ele. Ele disse que trabalhava na revista República, que poderia me pagar, sim, e perguntou se eu não queria ir olhar o apartamento, pra ver as medidas da sala. Perguntei o nome dele, pra saber se era alguém conhecido. ‘Bruno Tolentino’, respondeu. Bom, eu nunca tinha ouvido falar dele. Então disse pra ele que de poesia só conhecia bem a Cecília Meireles, que eu li muito com o pessoal do teatro lá do meu bairro em Goiânia. Ele arregalou os olhos: ‘Eu conheci pessoalmente a dona Cecília. ¿Você sabe declamar algum poema dela?’ Sei, e lembrei desse aqui: ‘E aqui estou, cantando./ Um poeta é sempre irmão do vento e da água:/ deixa seu ritmo por onde passa./ Venho de longe e vou para longe:/ mas procurei pelo chão os sinais do meu caminho/ e não vi nada, porque as ervas cresceram e as serpentes andaram./ Também procurei no céu a indicação de uma trajetória, / mas houve sempre muitas nuvens./ E suicidaram-se os operários de Babel./ Pois aqui estou, cantando./ Se eu nem sei onde estou,/ como posso esperar que algum ouvido me escute?/ Ah! Se eu nem sei quem sou,/ como posso esperar que venha alguém gostar de mim?’ Eu declamei olhando pro chão, pra conseguir me lembrar do poema todo, que era o único que sabia. E também de vergonha. Quando olhei pra ele, vi que estava com os olhos marejados. Fiquei sem graça com aquilo, a gente perde a sensibilidade morando na rua. Mas percebi que era sincero mesmo, Yuri, que ele tinha alguma fraqueza grande — e algum tipo de grandeza também, ¿sabe? Ele era inocente. Porque só uma pessoa muito inocente inventa de levar um mendigo pra dentro de casa, né. Vi na hora que ele não era nenhum pervertido procurando um parceiro pras suas taradices ou coisa assim. Ficou um tempo calado, me olhando terminar o banquinho. Aí ele disse: ‘¿Você acredita em Deus, rapaz?’ Olha, falei pra ele, eu não confio em nada nem em ninguém: só em Deus. E o Bruno, depois de pensar um pouco: ‘Olha, tem um colchão sobrando no meu apartamento. Você pode dormir na sala. Quando terminar a mesa e as cadeiras, se quiser, pode ir embora.”

“Caramba.”

“Foi assim que conheci o poeta Bruno Tolentino, Yuri.” E percebi que Antônio, ao enxugar o suor do rosto, disfarçadamente secou uma lágrima. Ele finalmente compartilhava da emoção do poeta naquele dia — ou assim parecia. Ficou um breve minuto meio perdido com as ferramentas na mão, como se apenas fingisse trabalhar. “Depois que terminei a mesa e as cadeiras”, prosseguiu, com a emoção já sob controle, “ele me pediu pra fazer uma escrivaninha. E, claro, fui ficando. Um dia, ele chegou da revista com um bolo de dinheiro — uns dois mil reais, acho — colocou toda a grana na minha mão, disse que não se sentia bem, que precisava descansar, e me pediu pra depositar tudo na conta dele. Aí virou as costas e se trancou no quarto. Eu fiquei de cara: ¿como aquele sujeito podia ser tão crédulo, tão inocente?! ¿Por que ele confiava tanto em mim, Yuri? Ele tinha me encontrado na rua! ¿Só porque eu disse que acreditava em Deus? ¿E se fosse mentira? É claro que senti uma tentação enorme, fazia muito tempo que não botava a mão em tanto dinheiro. ¡Era o salário dele inteiro! Acho que ele estava me testando, mas nunca falamos sobre isso. Só sei que fui no banco rapidinho e depositei tudo, antes que me desse vontade de sumir, comprar alguma droga ou de tentar ajudar algum amigo que vivia na rua. A partir desse dia, comecei a trabalhar como secretário dele. Cuidava de tudo: do salário, das contas, dos remédios pra AIDS, da agenda…”

“E ele voltou a dar aulas aqui no Brasil, ¿né?”

“Voltou. E você precisava ver a cara de alguns alunos dele quando davam de cara comigo lá onde a gente morava.”

“¿Não iam com a sua cara?”

“Sei lá, eles ficavam super desconfiados de mim, né. Eu ainda me vestia com as roupas que usava na rua. Eles não entendiam quem era aquele mendigo preto que morava com o professor deles”, e riu.

“Bom, talvez rolasse uma inveja, né, Antônio. Muita gente, por exemplo, fica puta da vida quando descobre que estou morando com a Hilda Hilst.”

“Isso é verdade. Um cara que apareceu lá com o Bruno me perguntou uma vez: ‘¿Você é formado em Letras?’ E eu: não, sou formado na vida mesmo. Ele fez uma careta e passou a fingir que eu não estava mais lá. Conversou um tempão com o Bruno e, mesmo quando o Bruno pedia minha opinião sobre alguma coisa, o cara não me olhava enquanto eu respondia.”

“¿Você acha que era racismo?”

“Racismo nada, ele era negro também, mais preto do que eu!”, e sorriu. “Depois o Bruno me disse que esse fulano chegou a perguntar se ele não tava precisando de um secretário de verdade. E o Bruno: ‘¿Mais verdadeiro que o meu secretário? Impossível’.”

Ficamos em silêncio, pensativos, e Antônio retomou seu trabalho. O banco já estava quase pronto. Ele teria de emassá-lo, lixá-lo e envernizá-lo mais tarde. A cor da nova perna ainda destoava da madeira restante. Antônio procurava algo na caixa de ferramentas.

Bruno Tolentino… Naquela ocasião, eu ainda não o conhecia muito bem, mas chegaria a conhecê-lo melhor nos nove meses seguintes, tempo que ele moraria ali conosco: uma figura simplesmente extraordinária, com uma trajetória de vida de arrepiar os cabelos. Claro, sua “biografia oficial” pode ser lida na Wikipédia ou em qualquer site literário: oriundo duma família carioca influente, alfabetizado em português, inglês e francês, Bruno se mandou do país em 1964, após o Golpe Militar. Foi secretário de Ungaretti, conhecido poeta italiano, lançou livros de poesia em francês e inglês, foi professor de literatura em Essex, Oxford e Bristol. Acusado de tráfico de drogas, foi preso e passou pouco mais de um ano na tal, segundo o próprio Bruno, “Ilha do Diabo inglesa”. Provada sua inocência (no caso em questão), foi solto. Voltou ao Brasil, polemizou com os irmãos Campos, publicou sua obra maestra, “O Mundo como Idéia” (que ele concluiu no quarto ao lado do meu, na Casa do Sol) e faleceu em 2007, em decorrência de AIDS, adquirida na cadeia. Eis um resumo da sua “biografia oficial”. Mas aqueles meses de convívio comum fizeram com que Bruno me apresentasse mais detalhes da sua vida. Eu o conheci no dia 24 de Outubro de 1998, na Casa do Sol. Lembro-me bem porque ele apareceu justamente no dia em que eu recebia alguns amigos para comemorar meu aniversário. Na ocasião, Antônio não o acompanhava. Certamente havia permanecido no apartamento que compartilhavam em São Paulo, cuidando dos assuntos do Bruno ou fabricando móveis. Tal como Antônio, até então, eu tampouco sabia quem era Bruno Tolentino. Havia lido alguns de seus artigos na revista Bravo, mas não ligara o nome à pessoa. Bruno participou da minha reunião de aniversário por cortesia, depois se isolou por algum tempo com a Hilda no escritório dela. Foi o momento, conforme ela me contou mais tarde, em que ele solicitou sua ajuda, já que estava sem emprego, sem dinheiro e precisando entregar o apartamento. Havia também alguma encrenca pessoal envolvendo a dona da editora para a qual ele trabalhara, mas isso não vem ao caso. O fato é que ali acertaram sua vinda à Casa do Sol, onde, juntamente com seu secretário, permaneceria alguns meses. Depois da visita, ele partiu de carona com meu amigo Rodrigo Fiume, à época, jornalista do jornal O Estado de São Paulo e, hoje, da Folha. Isso, claro, após ter sido fotografado comigo e com a Hilda Hilst — eu, no meu aniversário, entre dois dos maiores poetas deste país — foto que nunca vi, já que o Dante, o fotógrafo, um cara totalmente avesso a essas frescuras de literatos, sumiu com o filme. Sim, um detalhe fútil…

Assim, no início de 1999, Bruno e Antônio chegaram de mala e cuia e geladeira, fogão, livros, roupas, mesas e um computador 386 com vírus Melissa. Ocuparam um quarto com janela que — para suplício do Bruno — dava para o canil e seus oitenta cães. E na rotina dos dias, no marasmo ou na agitação das horas, Bruno Tolentino foi desfiando suas histórias para mim e para Hilda Hilst, algumas tão loucas que teria pudores de narrá-las por escrito sem antes checar sua veracidade. Claro, ele também viajava com freqüência, já que vinha organizando grupos de estudo independentes, em diversas cidades e estados, voltados a quem estivesse interessado em seus conhecimentos literários, tão assombrosos, vale lembrar, que a própria Hilda vivia me dizendo à parte: “Yuri, !meu Deus!  Esse homem devia ter aparecido aqui antes, quando eu ainda estava começando e me interessava mais profundamente por literatura. Nossa, ele sabe coisa demais, leu todo mundo — ¡até os chatos! — e ensina o tempo todo… ¡Credo! Que pena eu não ter mais nada a ver com isso…” E então ela sorria, cansada. Sim, outra condição enfrentada por ele: depois de lecionar em Oxford e de assombrar a própria Hilda com a extensão de seus estudos, Bruno não podia lecionar nas universidades brasileiras, já que não era formado em nada. Tal como o escritor argentino Jorge Luis Borges, que após aceitar um convite de Darcy Ribeiro para lecionar na Universidade de Brasília fora impedido por não ter um diploma, Bruno era um mestre com a boca tapada por razões puramente burocráticas. No Brasil é assim: mais vale um papel registrado em cartório do que a evidência do mérito pessoal; mais vale um imbecil diplomado que um gênio autodidata.

Enquanto Antônio preparava os últimos retoques ao banco do pátio, fui ter com a Hilda, que certamente estaria ansiosa para saber o que eu havia descoberto sobre nosso hóspede. Pedi licença ao secretário-marceneiro, que apenas me dirigiu um sorriso tranqüilo de alívio, e entrei na casa. Na sala de jantar, antes de adentrar o escritório, retirei o CD que o compositor José Antônio de Almeida Prado havia trazido em sua última visita, e que havia acabado de tocar, e o troquei pelo Adagietto da Quinta Sinfonia de Mahler. Além de ser uma das músicas prediletas da Hilda, serviria para acalmá-la de antemão. Entrei. Ela estava com os óculos na ponta do nariz, o cigarro na mão direita, concentrada em sua milésima releitura da biografia de James Joyce. Quando me viu, abandonou o livro e sorriu: “¿E então? ¿Falou com ele?”

“Falei, Hilda.”

“Então pegue o Porto e sirva duas taças pra gente. Tá quase na hora do almoço. Você me conta enquanto a gente bebe.”

Fui até a sala contígua de onde trouxe a garrafa de vinho. Servi as duas pequenas taças e me sentei diante de sua mesa. O silêncio, o Sol brilhante, a casa rústica, as árvores lá fora… eu adorava aquele clima de convento laico.

“Eu amo essa música”, disse ela, dando o primeiro gole. “É a mesma daquele filme do Visconti, ¿lembra?”

“Lembro. Morte em Veneza. Adaptação do Thomas Mann.”

“Esse mesmo”, e tornou a sorrir. Então apagou o cigarro e me encarou, curiosa. O Sol, entrado pela janela de trás de sua cadeira, dourava-lhe os cabelos. “Diga logo, ¿quem é esse Antônio, Yuri? ¿Devo ficar com medo dele?” E riu.

“Acho que não, Hilda. Ele me parece uma boa pessoa.”

“¿É mesmo? ¿E quem é ele afinal? ¿Onde o Bruno o encontrou?”

“Ah, Hilda, o Bruno o encontrou morando na rua. Ele é apenas um fugitivo da polícia…”, e sorri, encarando-a com ironia.

Ela arregalou os olhos, num misto de excitação e temor: “Meu Deus, Yuri! Meu Deus!! Que incrível!! Vá, coloque mais vinho pra você e me conte tudo… Conte tudo…”

Rimos. Tornei a encher minha taça. E lhe contei tudo.

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Este texto é parte do livro “O Exorcista na Casa do Sol — e Outros Escritos da Virada do Milênio”, a ser lançado em breve. Para mais informações, veja aqui.